13/12/2009

¿Padres o mánagers?

Texto de Eva Millet
Ilustraciones de Arianne Faber
Aunque a algunos la idea no les resulte simpática, ser padres implica dirigir las vidas de los hijos. Pero en una sociedad tan competitiva y consumista como la actual, cada vez son más comunes los progenitores tan interesados en sacar el máximo potencial de sus hijos que se convierten en una especie de mánagers. Este afán por crear unos hijos hiperformados tiene sus riesgos, como olvidar la esencia de la educación.
Un mánager es el gerente o directivo de una empresa. Una definición un tanto fría para extrapolarla a algo tan íntimo como la relación padres-hijos, pero la crianza implica dirigir las vidas de los hijos de una forma firme y responsable para ayudarles a ser personas buenas y capaces. En ocasiones, esta dirección se lleva tan al límite que se transforma en una inversión de futuro, en un negocio, incluso.

Es lo que hizo Joseph Jackson cuando, a golpe de látigo, creó los célebres Jackson Five. Hasta que sus hijos lo despidieron, fue un férreo mánager de su prole, como lo es hoy Billy Ray Cyrus de su hija Miley (Hannah Montana). Él gestiona la carrera de la artista, un producto que se calcula que valdrá mil millones de dólares cuando tenga 18 años.

En el deporte abundan también los progenitores (especialmente, hombres) que ejercen de entrenadores y mánagers de sus hijos. Desde tenistas hasta gimnastas, pasando por futbolistas, nadadores y pilotos. Algunos triunfan; muchos nunca lo logran, y otros acaban sus carreras de forma abrupta, incluso demandando a sus padres ante los tribunales.

Es cierto que estos son ejemplos extremos, en unas áreas donde se valora el talento precoz. Sin embargo, en la competitiva sociedad del siglo XXI, donde se mezcla la incertidumbre laboral con un consumismo desaforado, cada vez son más los progenitores que invierten en la formación de sus hijos como si de un producto se tratara. Carl Honoré, autor de Bajo presión (RBA), analiza esta tendencia. “La cultura actual hace que como padres tengamos una presión inmensa para dar todo a nuestros hijos y hacerlos los mejores”, afirma.

“Las familias, además, se forman más tarde, por lo que se ha tenido mucho tiempo para pensar en qué modelo de hijo se quiere tener”, agrega. En muchos casos, la paternidad y la maternidad llegan tras años en el mundo del trabajo. Se importan los valores de la oficina al hogar y se aplican los recursos de la empresa cuando se quiere mejorar el rendimiento: “Recurrir a expertos, invertir mucho dinero, dedicar muchas horas… Estamos profesionalizando la paternidad”, asegura Honoré.

La avalancha de actividades extraescolares, los profesores particulares, los colegios que prometen forjar genios o darles conocimientos financieros ya en primaria, el continuo ir y venir para conseguir niños perfectos o la imposición de amigos por los padres son algunos ejemplos de esa profesionalización.

En Estados Unidos, hace tiempo que existe un nombre para este fenómeno: los padres helicóptero, progenitores que sobrevuelan sin descanso las vidas de sus hijos. En una sociedad como la norteamericana en que la educación es costosa, estas familias gestionan de forma minuciosa las carreras de su descendencia. Desde la elección de la guardería (en Nueva York, se llega a acampar toda la noche frente al parvulario para conseguir plaza), hasta la de universidad.

La actitud de algunos progenitores en las escuelas (atosigando y enfrentándose a los profesores, demandando acceso ilimitado a las clases…) es tal, que algunos centros se reservan el derecho de expulsar a un alumno como consecuencia del comportamiento paterno. Este frenesí no termina con la mayoría de edad: las universidades disponen de un personal especializado para lidiar con preguntas tipo: ¿qué comerá mi hijo? o ¿con quién compartirá el cuarto? Si estudia lejos de casa, la distancia no es problema: el móvil sigue siendo el cordón umbilical para seguirle los pasos. Y si tiene inconvenientes con la nueva dieta, como le ocurrió a una estudiante neoyorquina en Barcelona, siempre hay una madre dispuesta a tomar un avión con una maleta cargada de fibra. El hipercontrol no acaba tampoco con la licenciatura: Honoré cuenta que hay casos de progenitores que han acompañado a sus pequeños a las entrevistas de trabajo.

En España, esta paternidad extrema no es tan común, pero sí son ya habituales las agendas repletas de actividades extraescolares o los padres que aúllan improperios al árbitro y al equipo contrario en los partidos. Influidos por tópicos como “los niños son esponjas” o “a más estímulos, más inteligencia”, los españoles también se apuntan a la estimulación precoz, una de las características de la hiperpaternidad.

La socióloga Eulàlia Solé advierte de que una desmesurada estimulación, sobre todo en la primera infancia, suele generar un estrés contraproducente. “No sólo puede ser perjudicial para la salud –señala– sino también redundar, a la larga, en una desmotivación. Por lo demás, no está demostrado que aprender antes signifique aprender mejor, puesto que a cada edad le corresponden unas capacidades.”
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de: Kika | 17/12/2009
"Recurrir a expertos, invertir mucho dinero, dedicar muchas horas… Estamos profesionalizando la paternidad”, asegura Honoré. Los patrones son: dedicacion de tiempo o de dinero para que otros eduquen a nuestros hijos. Yo prefiero buscar un punto intermedio, donde ellos, los hijos, tengan la libertad de buscarse su espacio, y nosotros, de desplegar nuestra vida profesional, aunque sea a costa de sacrificar una parte de un sueldo. En los extremos encontramos el problema.
de: Raul Ruiz | 17/12/2009
¿Familia? ¿Paternidad? Perdonarme, pero es algo que me suena a chino. Vivimos en España, un país con leyes retrógradas, donde hay más de dos millones de hijos de padres divorciados, y donde la custodia automáticamente se le adjudica a la madre; donde no se nos permite ser padres masculinamente hablando, y donde nuestras ex apuntan a actividade extraescolares a nuestros hijos, sin nuestro consentimiento (patria potestad). Actualízense, pásense por cualquier juzgado de familia, no somos padres ni tampoco nos dejan.

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