Cuando los hijos vienen de medio mundo

Durante prácticamente todo el siglo pasado, la adopción fue un tema tabú, un secreto de familia del que se hablaba siempre en voz baja. Hoy, en cambio, las familias adoptivas no sólo son visibles sino que aparecen en los anuncios de la televisión como un modelo positivo que sirve para vender tanto billetes de avión como lavadoras o meriendas infantiles. Muchos han sido los cambios que han hecho posible esta revalorización de la adopción y que han fomentado el aumento espectacular de sus cifras.
Para empezar, el extraordinario avance de las comunicaciones ha modificado radicalmente nuestra concepción del mundo. La posibilidad de viajar a cualquier punto del planeta ya no es un lujo al alcance de un puñado de privilegiados; tomamos aviones transoceánicos con la misma naturalidad con que nuestros abuelos se subían a un tren de cercanías.
La conquista de nuevos espacios de libertad y participación ha liberado a las mujeres de la exigencia social de consagrarse a la reproducción: llegar a los cuarenta años sin haber dado a luz ya no es sinónimo de fracaso ni amargura. Hemos descubierto mucho sobre el ADN, pero también que la genética poco tiene que ver con la capacidad de compromiso y el amor hacia los hijos. La existencia de maltrato infantil en el entorno familiar evidencia que los genes compartidos no son garantía de una sana relación entre padres e hijos.
Por otro lado, en la sociedad moderna ya no existe un único modelo válido de familia. Cada año son más las mujeres que se quedan embarazadas gracias a la inseminación artificial, los hijos que nacen fuera del matrimonio y los que viven en hogares reconstituidos tras la separación o el divorcio. También los criados por un hombre o una mujer en solitario y los que viven en una familia distinta a la que les vio nacer. Resulta evidente que la familia no puede ser ya definida sobre la base de la genética y la unión matrimonial sino por las vivencias características que se dan en su seno y que nada tienen que ver con el ADN.

Muchas madres explican sus motivaciones para adoptar con frases como: “Habiendo en el mundo tantos niños abandonados, ¿qué necesidad tengo de quedarme embarazada”.. Llegamos así a otro de los elementos clave para entender el fenómeno de la adopción: la avalancha de información que pone ante nuestros ojos la cruda realidad de muchos niños del planeta que viven en condiciones terribles.
La emisión de un documental sobre la vida en los orfanatos chinos titulado "Las habitaciones de la muerte" supuso un punto de inflexión en la ascendente curva de la adopción internacional. En las numerosas entrevistas realizadas por la antropóloga Diana Marre, que investiga en torno a la adopción internacional desde hace más de un lustro, muchos de los relatos de los adoptantes se inician más o menos así: “Todo empezó allá por el año 1995, cuando en la televisión se emitió un reportaje sobre los orfanatos chinos. Aquello despertó en nosotros la ilusión de ayudar adoptando una niña”. En el departamento de adopciones de la Comunidad de Madrid lo recuerdan con claridad: “De la noche a la mañana, había una cola de solicitantes que daba la vuelta a la manzana”.
Obviamente, sin niños que carecen de una familia no existiría siquiera la posibilidad de adoptar, pero ya es hora de desmontar esa visión de la adopción como un gesto solidario. Solidaridad .lo dice el diccionario- es la “adhesión circunstancial a la causa de otros”; tener un hijo es algo completamente diferente y que nada tiene de circunstancial. Stef, madre de una niña nacida en Etiopía, lo explica de forma directa: “Me molesta cuando la gente nos felicita por ser tan solidarios. Por solidaridad, puedo hacer una donación a una ONG que distribuye medicamentos para evitar que once millones de niños mueran anualmente de enfermedades fácilmente curables en el mundo desarrollado. Ser padres, independientemente de cómo lleguen a ti tus hijos, es otra cosa”.

Una solución in extremis
Al contemplar la adopción como una forma alternativa de construir una familia, podemos caer en la trampa de perder de vista lo esencial: la adopción es ante todo un mecanismo de protección de menores en situación de desamparo. El derecho a adoptar no existe: lo que debe prevalecer en cualquier adopción es el interés del menor.
Como recuerda Unicef, buscar una familia a miles de kilómetros es la mejor opción cuando todo lo demás ha fallado, cuando no se ha encontrado un hogar apropiado en el entorno del niño -primero en la familia extensa, después en su ciudad, en su región, etcétera-, o cuando la reagrupación familiar -en el caso de padres e hijos separados por la guerra o por catástrofes naturales- no ha sido posible.
Ciertamente, la adopción internacional es un puente que une el derecho a crecer en un hogar rodeado de calor y cariño con el deseo de tener un hijo. Pero es, también, la triste constatación de que no hemos sabido frenar el hambre, las injusticias y las desigualdades. En términos de justicia mundial, la adopción es sólo un parche que repara una pequeña parte del problema. De los once millones de huérfanos que el sida ha dejado en África, solo un porcentaje muy pequeño encontrará gracias a ella una nueva familia. Muchos son niños mayores de cinco años o tienen problemas de salud, mientras que la inmensa mayoría de quienes se deciden por la adopción busca un hijo sano y de menor edad.
Más solicitantes que niños
Actualmente, las solicitudes de adopción duplican largamente el número de niños que pueden ser adoptados. En China, por ejemplo, mensualmente se reciben unas dos mil solicitudes, y se asignan una media de setecientos niños. Los procesos son cada vez más largos, y muchos padres en trámite lo viven con desesperación. Inmersos en el largo y fatigoso camino que les llevará hasta su pequeño, no es fácil que vean en ello razones para alegrarse. Sin embargo, resulta esperanzador comprobar que el extraordinario desarrollo del gigante asiático está trayendo consigo una reducción del número de niños -y sobre todo niñas- abandonados.
Desgraciadamente, hay quienes ven en este desequilibrio entre solicitudes y niños adoptables un mercado insatisfecho, una oportunidad de negocio. Los países desarrollados descubrimos escandalizados que un porcentaje pequeño .pero en aumento. de los procesos se realiza pasando por encima de la ética y el derecho. Así ha ocurrido, por ejemplo, con algunas adopciones en Nepal, donde intermediarios sin escrúpulos engañaban a las madres nepalíes haciéndoles creer que sus hijos habían sido becados para estudiar en el extranjero. Conseguían así que firmasen una supuesta autorización que era, en realidad, la renuncia a su patria potestad. Hoy más que nunca, tanto los gobiernos como los intermediarios deben intensificar las precauciones y buscar los mecanismos para evitar que cosas así sigan sucediendo.







