22/10/2006

Hombres en busca de un papel en la vida

Texto de José Antonio Marina
Ilustraciones de Antonio Ballesteros
Los modelos tradicionales masculinos y femeninos han entrado en crisis, y ahora la brecha entre hombres y mujeres es cada vez más ancha. El filósofo José Antonio Marina propone reencontrarse en una cultura del “cuidado”, en la que unos y otras puedan intercambiarse a la hora de dar y recibir cuidados, proteger y ser protegidos, animar y ser animados.

Acabo de escribir un largo ensayo sobre "La revolución de las mujeres", porque me parece que ha sido el fenómeno social más importante del siglo pasado, el que más ha influido e influirá en nuestra estructura social, cultural y familiar. La tenacidad para conseguir la igualdad laboral, jurídica, sexual fue acompañada por un trabajo de reflexión sobre la propia naturaleza de la mujer. Fue un debate necesario, porque durante siglos la mujer se había definido por su relación con el hombre. No olvidemos que, según la Biblia, procedía de una costilla de Adán, y según los teólogos medievales, era un hombre defectuoso. Para los médicos antiguos, los órganos femeninos eran órganos masculinos invertidos. Así lo dice el famoso Ambroise Paré, en su "Anatomía", con frase lapidaria: "la mujer es lo inverso del hombre". Es evidente que la mujer tenía que elaborar una definición de su propia naturaleza para liberarse de esa relación esencial al varón.

Durante todo ese tiempo, los hombres no se habían preocupado de redefinirse atendiendo a la marcha de los tiempos. El modelo masculino tradicional era el de las tres P: preñar, proteger, proveer. El de la mujer era: ser preñada, estar protegida y tener las necesidades de ella y de sus crías cubiertas. En Occidente, los modelos tradicionales masculinos y femeninos han entrado en quiebra y ni hombres ni mujeres saben lo que deben sentir.

Los hombres lo tienen especialmente complicado porque a lo largo de la historia la virilidad no ha sido un dato natural sino una construcción social, una condición reduplicativa. En casi todas las sociedades se usan expresiones como “hazte un hombre”, “compórtate como un hombre”, “no eres un hombre de verdad”, que no tienen homólogas aplicables a la mujer. Durante siglos se ha pensado que la mujer era “naturaleza” y el hombre, “cultura”. Por esta razón las pensadoras feministas se han enfrentado tan violentamente a la noción de “sexo” -que es biológica- y han defendido la noción de “género” -que es cultural-. La mujer es también un producto de la cultura, como el hombre.      

Tenemos, pues, dos sexos que biológicamente se refieren uno al otro, pero que culturalmente quieren definirse autónomamente. Y esto resulta fácil cuando se va a vivir solo o sola, pero no tanto cuando se quiere convivir. Las relaciones de pareja resultan afectadas por ese rechazo a buscar sentimientos recíprocos. Después de las críticas recibidas por su sequedad afectiva, su dureza machista, su carencia de expresividad sentimental, muchos hombres han intentado cambiar un modelo duro de masculinidad, el “hard man”, por un modelo suave, “soft man”. Pero sin acabar de creérselo, pensando en el fondo que, a pesar de sus afirmaciones en contra, a las mujeres sólo les gustan los hombres sensibles para hablar con ellos de lo mal que les va con los hombres duros, con los que se han marchado. En su libro "La identidad masculina", Isabel Badinter ha recomendado una superación de ambos modelos, en lo que llama “el hombre reconciliado”, lo que resulta muy bonito hasta que lo describe como “ser a la vez maternal y jugador de rugby”. Este injerto del gimnasio y la cuna me parece delicioso. Ahora comprendo por qué los jugadores de rugby agarran a veces el balón como si fuera un bebé, acunándolo.   

Otro elemento hace todavía más compleja la situación. A pesar de todos los cambios sociales, a pesar de los avances logrados, los métodos femeninos de seducción continúan siendo los mismos. Las mujeres, que se liberaron de muchas tiranías, están sometidas ahora a la tiranía de la belleza. Basta para comprobarlo el auge de la cirugía estética, o el modo como la publicidad instrumentaliza cada vez más el cuerpo femenino como reclamo. De esta permanencia de las tácticas clásicas de seducción, muchos hombres deducen que su papel continúa siendo también el mismo. Sienten como si estuvieran siendo víctimas de una provocación constante, para luego ser tachados de animales si caen en la provocación. En un famoso juicio sobre un caso de acoso sexual en el trabajo .que se conoció como “la sentencia de la minifalda”, un juez dictaminó que “ciertamente la demandante, con su específico vestido, en cierta forma y acaso inocentemente, provocó ese tipo de reacción en el empresario, que no pudo contenerse en su presencia”.

Vicente Verdú, un perspicaz analista de la cultura actual, ha protestado contra lo que llama “el declive del hombre”. No le ha bastado a la reivindicación femenina con la victoria legal del feminismo, afirma. Ahora llega la apología de género. Lo femenino es lo prometedor, el patrón contemporáneo de valor, mientras lo masculino, lo muy masculino, apesta, y el auge de la cultura gay se corresponde con una época en que el hombre debe camuflar su virilidad mediante apariencias menos fuertes, cabellos de tonos amarillos o fucsias, camisas ceñidas, conversaciones sobre moda y una creciente tendencia a guisar. Hoy, de acuerdo con el nuevo código, los hombres aparecen como protagonistas exclusivos de la violencia dom éstica, la explotación y el abuso sexual de los niños, la corrupción el tráfico de drogas y el terrorismo. Las mujeres, en cambio, se autoanuncian como la esperanza del futuro mejor, el espíritu del desarrollo sostenible, el cuerpo ecológico y el fin de las guerras. Creo que mi amigo Vicente Verdú no tiene razón. O, para ser más exacto, tiene razón a medias. Hay tres tipos de relación entre hombres y mujeres, cada una de las cuales favorece o induce modelos diferentes de masculinidad y feminidad.

La primera relación es entre hombres y mujeres no vinculados, que coexisten en un espacio social competitivo, en el que pueden mantenerse las luchas de poder que Verdú menciona. Bajo el paraguas jurídico de la igualdad, una población de solitarios de ambos sexos “solitarios porque aún no han establecido una relación o porque no les interesa tenerla” mantienen esgrimas diferentes, en un juego de seducciones no comprometido. Ahí se mantienen papeles que cambian de acuerdo con la estrategia del momento. Hombres y mujeres adoptan el rol que más le conviene en la situación. El asunto cambia en el segundo tipo de relación: la convivencia. Ahí es donde se exige una acomodación de los modelos. En este momento se espera de la vida en pareja mucho más que se ha esperado nunca. Durante milenios, la familia fue una institución económica de supervivencia. Los solteros tienen muy pocas posibilidades de sobrevivir en un mundo hostil. Esa etapa quedó ya lejos, y ahora pedimos que la relación de pareja satisfaga profundas necesidades afectivas.

Esto, ciertamente, exige más cambios en el hombre que en la mujer, porque normalmente para el hombre ha sido siempre más cómodo dejarse querer que querer. Los dos problemas que se planten con más frecuencia en la convivencia “la comunicación y los trabajos domésticos” han impuesto más cambios en la actitud masculina que en la femenina. Pero, como nos dicen las encuestas, los comportamientos masculinos no han cambiado mucho. La tercera relación aparece con la maternidad. El cuidado de la prole ha sido siempre tarea de la mujer. Ahora parece evidente que tiene que serlo de los dos, cosa que resulta más fácil en la teoría que en la práctica.

El papel del padre durante los primeros años de vida es confuso. Muchas madres reclaman ayuda, pero dejando bien claro que su relación con el bebé es la primordial, y la del padre, secundaria. El aumento espectacular de mujeres que quieren tener hijos solas me hace recordar el viejo lema:
"Hijos sí, maridos no". Y, en cierto sentido, las nuevas biotecnologías favorecen esta última independencia de la mujer. La existencia de bancos de semen lo demuestra. Al mismo tiempo, cada vez hay más hombres que quieren participar en la crianza de sus hijos, y que están dispuestos a poner el trabajo en un segundo lugar, cosa que hasta este momento era muy poco frecuente.

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