27/04/2008

Educación sentimental (VIII)

El pudor como dignidad

Texto de José Antonio Marina
Ilustraciones de Rosario Velasco
El pudor es una vergüenza poco presente en la sociedad occidental de hoy, pero, a juicio del autor, podría ir bien recuperarlo aunque con ciertas reformas: en lugar de la vergüenza atada al sexo, especialmente de las mujeres, el pudor podría asociarse a la dignidad. Este sentimiento de vergüenza preventiva alcanza de distinta manera a todas las culturas, que lo concentran en diversas partes del cuerpo, desde el rostro al pie, pasando por el pecho y el sexo
Me encantaría escribir una “arqueología del corazón humano”, que estudiase la evolución, las venturas y desventuras, el minucioso laboreo de los sentimientos humanos. Hoy voy a hablar de uno esencialmente sensible a los cambios históricos: el pudor. Recientemente, Alain Finkielkraut, uno de los filósofos del Mayo del 68, ha comentado: “Si tuviera que escribir ahora mi libro El nuevo desorden amoroso, introduciría un capítulo inicial sobre el pudor”. ¿Se ha perdido realmente este sentimiento? ¿Es tan importante recuperarlo? El pudor es una de las variantes de la vergüenza, que es un sentimiento social producido en el sujeto “por la aprehensión de algún desprecio, confusión o infamia que se padece o se teme padecer”. Es, pues, el miedo a ser mal visto, y mal evaluado.
En las culturas comunitarias, el yo personal casi se identifica con el yo social, es decir, con el que resulta de la opinión de los demás. Necesito recibir de los otros la imagen que tengo de mí mismo. En esas sociedades, la autonomía no está bien vista. Todavía ahora, culturas muy sociales, como las orientales, sienten cierta repugnancia por la soberbia afirmación del yo individual propia de las sociedades occidentales. No siempre fue así. En Grecia y Roma, la fama y el honor no tenían el carácter superficial que tienen ahora. Era el reconocimiento público de la calidad de una persona. El honor latino era el premio dado a la virtud, al valor. Sólo más tarde se convirtió en patrimonio del alma. Originalmente había sido el juicio de la comunidad. Como sólo existía ese yo social, condensado en el honor, quien lo perdía lo perdía todo. En ese contexto, la vergüenza se vivía como el sentimiento ocasionado por la pérdida real, presunta o temida, de la propia dignidad. El comportamiento indigno, como el ser tratado indignamente, producía vergüenza. Este sentimiento impedía la realización de una acción indecorosa. Este significado está aún presente cuando hablamos de la vergüenza torera, aquel sentimiento que hace que el torero se comporte dignamente.
La idea se empequeñeció. La vergüenza dejó de depender del propio comportamiento y se convirtió en un juicio social que, como tal, podía ser arbitrario, ridículo o terriblemente injusto y destructivo. Camus cuenta en El primer hombre un conmovedor ejemplo. Gracias a la ayuda de su profesor, el pequeño Camus consigue una beca para ir al instituto. Allí, tiene que rellenar un formulario en el que se le pregunta por la profesión de los padres. Tiene que decir que su madre es una “criada”, pero al comenzar a escribir la palabra “se detuvo y de golpe conoció la vergüenza y la vergüenza de haber tenido vergüenza”. 
Hay, pues, vergüenzas injustamente inducidas por la sociedad que deben desaparecer. ¿Sucede esto con esa peculiar vergüenza que llamamos pudor? Da la impresión de que es un sentimientos anticuado. Habría que decir afortunadamente anticuado, si tomamos la definición que de él da el curiosísimo diccionario de Ramón Joaquín Domínguez, publicado en 1848: “Pudor: especie de reserva casta, vergüenza tímida y honesta como de inocencia alarmada. Modestia ruborosa pura y sin afectación, recato, honestidad, especialmente en la mujer, por cierto colocado en muy resbaladizo y vidrioso declibe, en harto periculosa pendiente ocasionada a insubsanable fracaso, a irreparable desliz”. En efecto, el pudor se había convertido en una virtud moral específicamente femenina, propia de sociedades machistas y patriarcales. Había sufrido la misma transformación que el vocablo honra, que de ser sinónimo de honor pasó a significar la honestidad femenina.
¿En qué consiste el pudor? Debemos volver a la vergüenza. Hay una vergüenza que dificulta la ejecución de un acto indigno, y otra recriminadora posterior a la comisión del acto. El pudor pertenece a la facción preventiva. “Es un sentimiento que impide mostrar lo que se considera que debe permanecer oculto.” Es, pues, el malestar producido por la imaginación del acto de exhibirse ante la mirada de otro. Fue su carácter disuasorio lo que le hizo ser tan importante para la moral. La vergüenza o la culpa acontecen cuando el hecho malo ya ha sucedido. El pudor impide que suceda. No es un sentimiento correctivo, sino preventivo. Pero ¿qué es lo que debe ser ocultado? En un principio, cualquier comportamiento deshonroso. El término impúdico mantiene esa carga ética. Un comportamiento impúdico es el que revela la indignidad de una persona. Pero el sentimiento sufrió una devaluación y acabó refiriéndose sólo a la manifestación del cuerpo humano y de sus actividades, en especial las sexuales. La historia del sentimiento de pudor se entremezcla con las historias de la consideración del desnudo, de la sexualidad y de las buenas costumbres. El cristianismo recogió el relato bíblico según el cual Adán y Eva, que vivían desnudos en el jardín del Edén, sintieron vergüenza de estarlo después de haber perdido la inocencia por el pecado. El pudor nacía de la falta y debía acompañar a la especie humana hasta que fuera salvada.
Al estudiar los sentimientos conviene averiguar si son naturales o culturalmente inventados. ¿Qué ocurre en el caso del pudor? Eibl-Eibesfeldt, un gran antropólogo, sostiene que el pudor sexual, manifestado de modos diversos, se da en todas las culturas. Es habitual ocultar los órganos sexuales con el vestido. Sin embargo, hay pueblos que, desde nuestro punto de vista, van completamente desnudos, por ejemplo los yanomami, cuyas mujeres portan solamente un fino cordón entorno a la cintura. Y los hombres, un cordón que les sujeta el pene. Pero estos cordones se consideran simbólicamente un vestido, y si prescinden de ellos se sienten avergonzados. No hay duda de que sus antepasados no atravesaron desnudos el frio estrecho de Bering, por lo que hay que pensar que su desnudez actual ha sido una acomodación al clima cálido y que esos cordones permanecieron como vestigios de los trajes desaparecidos.
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