Educación
La escuela busca un nuevo lenguaje para la era global

Resaltar lo que une
En la calle, en el recreo y en el aula, conviven estudiantes que viven en estructuras familiares variadas, con distintos bagajes culturales y también con rasgos físicos que denotan orígenes diversos. La convivencia con el que es diferente a uno mismo es de por sí enriquecedora, ya que les permite ampliar su visión y comprensión del mundo en el que vivimos. En este sentido, tanto los alumnos adoptados como los que llegaron con sus familias desde otros lugares aportan a la escuela una riqueza de referentes sobre los que los adultos de mañana pueden cuestionar los estereotipos y los prejuicios xenófobos. Sin embargo, cuando hablamos de integración de la diversidad, no podemos quedarnos solamente en la tolerancia cero ante las actitudes racistas y en celebrar la riqueza de lo que nos hace distintos.
Cuando se pone el énfasis en la variedad de músicas, formas de cocinar y vestir se olvida a veces el mensaje más importante: más allá de esas diferencias, todos somos iguales. Todos tenemos sentimientos, todos necesitamos encontrar nuestro lugar en la sociedad, todos somos únicos e irrepetibles y todos tenemos los mismos derechos y obligaciones. Sólo recalcando esta verdad esencial podremos normalizar las diferencias, es decir, asumirlas como normales dentro del grupo y no como algo que crea barreras irracionales e injustos resquemores.
Tanto en casa como en el colegio, el día a día ofrece múltiples ocasiones de explicar que lo que nos une es mucho más esencial que lo que nos diferencia. Al hablar de nutrición, podemos hacer referencia a cómo, dependiendo de los alimentos disponibles y de su historia, cada cultura trata de elaborar una dieta equilibrada. En unos lugares, los hidratos de carbono se aportan fundamentalmente a base de pan; en otros, de arroz o patatas. Los japoneses –que viven en una isla que apenas tuvo contacto con el resto del mundo durante mucho tiempo– sienten predilección por las proteínas que aporta el pescado; los argentinos, en cambio, prefieren la carne de vacuno. Del mismo modo, en las clases de Ciencias Sociales, al hablar de los movimientos migratorios, podemos explorar cuáles son los motivos que llevan a las personas a establecer su residencia lejos del lugar donde nacieron. Recordando cómo era España después de la Guerra Civil –o también después del medievo, cuando los españoles se lanzaron a la conquista de América– podemos hacer patente que, aunque hoy el nuestro sea un país receptor de inmigración, hubo un tiempo en que lo fue de emigrantes.
La democracia, la extensión de los derechos individuales y la globalización han hecho que esta sociedad sea cada vez más diversa y heterogénea: distintos estilos y opciones de vida, diferentes modelos de familia, ciudadanos provenientes de distintos lugares que traen consigo costumbres y culturas diversas…
Todos los niños –independientemente de cuál sea la composición de su familia o de su origen– tienen derecho a crecer en un ambiente libre de prejuicios en el que poder desarrollarse como los individuos únicos que son. Estos niños crecerán en una sociedad muy distinta a la que hasta ahora conocieron sus padres, una sociedad que ya se está construyendo entre todos y en la que queda por delante el desafío de conseguir que todos los ciudadanos de bien puedan convivir en armonía. Tanto padres como educadores tienen la responsabilidad de ayudarles a entender la realidad que les rodea y de educarlos en el respeto de los derechos individuales y de las normas de convivencia.°
Beatriz San Román es autora del libro
Adopción y escuela: guía para educadores y familias. www.postadopcion.org
El colegio escuela de convivencia
No cabe duda de que la escuela tiene un papel fundamental en la transmisión no sólo de conocimientos sino también de valores culturales. Los niños pasan en ella de lunes a viernes la mayor parte del tiempo en que están despiertos. No es sólo el lugar donde se les enseña aritmética o sintaxis. Es también una microsociedad donde desarrollan los aprendizajes necesarios para desenvolverse en la vida adulta. En ese entorno protegido, y bajo la supervisión del profesorado, aprenden a hacer valer sus derechos, a respetar los de los demás y a relacionarse con otros de un modo positivo.
Si lo que se pretende es que de ella salgan adultos capaces de manejarse en un mundo global, hay que empezar ya a revisar no sólo los temarios, sino también las actitudes y detalles cotidianos como los siguientes:
El día del Padre (o de la Madre). En algunos colegios, su celebración se ha sustituido ya por el día de la Familia o de las personas que nos cuidan. Son fórmulas más abiertas que permiten la inclusión de todos los niños.
Abolir el color carne o color piel. Con frecuencia se llama así al rosa anaranjado que los alumnos utilizan para colorear las figuras humanas. Cuando llamamos así a un color determinado, estamos transmitiendo que ese es el bueno o el de verdad.
Material didáctico que refleje la realidad. Buena parte de los libros de texto presenta únicamente familias tradicionales y personajes blancos del tipo llamado caucásico. Puesto que la sociedad ha cambiado, resulta necesario renovarlo de manera que los niños vean en él la realidad en la que viven. Tanto en casa como en el colegio, los libros y los cuentos deberían mostrar personajes de distintas etnias desarrollando distintos roles con los que los niños puedan identificarse. No se trata sólo de entender que en África hay mucha gente con la piel oscura, sino sobre todo que el color de la piel no determina el papel en el cuento –¡ni en la vida!–.
Enseñarles a cuestionar los estereotipos y sus efectos. ¿Qué son los estereotipos? ¿Cómo se transmiten? ¿Qué sentimos cuando los utilizan contra nosotros? ¿Qué sucede cuando los utilizamos? Sólo conociendo cuáles son y cómo funcionan los sutiles mecanismos del racismo y la discriminación podrán hacerles frente.







