De padres a hijos

"Esta ternura tan honda..."
Raquel Fernández, 33 años, pedagoga. David Barba, 37, educador social. Viven en Bordils, Girona. Los niños entraban en sus planes desde que se casaron, hace nueve años. Les gustaban, y mucho. Así que la deseada llegada de Èlia un día de otoño del 2007 "nos hizo llorar como dos magdalenas en el paritorio, con esta ternura tan honda y tan difícil de explicar que vives la primera vez que la ves". En poco más de un año, esa pequeña de cuatro kilitos se ha convertido en una gran promotora de cambios. El más importante, probablemente, es el que ha vivido David, que dejó su intensa y extensa tarea –a veces 12 o 14 horas al día– como educador para entrar a trabajar como operario en una fábrica, donde se asegura un horario de ocho horas. "Así, las 16 restantes que tiene el día puedo estar con mi familia." Cuatro gorgoritos pronunciados por Èlia son suficientes para hacerle olvidar lo que ha dejado atrás, formación en Estados Unidos incluida. "Me da igual. Creo que la intensidad con la que vives tu familia se proyecta directamente en ti; mi cambio de rumbo laboral es sólo un ejemplo de cómo ellas han llenado mi vida.
¡ATIÉNDEL@ SIEMPRE! Ahora hace un año que fui madre y recuerdo la famosa frase que todo el mundo me repetía una y otra vez: “Sigue tu instinto” (¡y qué rabia me daba, porque yo no sabía ver eso del instinto!). Y a medida que fue pasando el tiempo, descubrí que lo que realmente importa es ser sensible a las necesidades del bebé: atenderle siempre que llora (a esta edad no es un capricho ni una manipulación); darle de comer siempre que lo necesite (ella misma se ha ido regulando y ahora sólo pide un biberón por la noche; pude darle pecho hasta los siete meses); tenerla en brazos siempre que quiera (eso le da seguridad y se traduce en una persona más autónoma); hablarle siempre con calma, y sonreírle (los bebés agradecen mucho que entre mamá y papá –o con quien se conviva habitualmente– haya amor y respeto)... Lo que un niño realmente necesita es pasar tiempo con mamá o papá (y, de nuevo, que siempre se le atienda con amor y sin prisas).
Mi pequeñita es una niña alegre, risueña, confiada y nunca ha querido chupete ni se ha chupado el dedo para calmar su ansiedad (porque nunca la hemos dejado que llore y que llore; porque siempre que necesita algo la atendemos; porque estamos a su lado y hemos tenido la gran suerte de no tener que dejarla en una guardería durante horas...).
Por cierto, por fin descubrí en qué consistía eso de seguir el instinto: ¡en pasar horas y horas con ella, conociéndola! (¿cómo si no iba a saber qué necesita en cada momento?) Raquel Fernández (Bordils, Girona)








