27/04/2008
Educación sentimental (VIII)
El pudor como dignidad
Texto de José Antonio Marina
Ilustraciones de Rosario Velasco
El pudor es una vergüenza poco presente en la sociedad occidental de hoy, pero, a juicio del autor, podría ir bien recuperarlo aunque con ciertas reformas: en lugar de la vergüenza atada al sexo, especialmente de las mujeres, el pudor podría asociarse a la dignidad. Este sentimiento de vergüenza preventiva alcanza de distinta manera a todas las culturas, que lo concentran en diversas partes del cuerpo, desde el rostro al pie, pasando por el pecho y el sexo
LA OBSCENIDAD
La obscenidad guarda relación estrecha con el pudor. Es la exhibición maliciosa y grosera
de las cosas relacionadas con el sexo. Una de las manifestaciones –excesivas– de la impudicia y de la relación obscena es el exhibicionismo. Como escribe Castilla del Pino: “Mientras al nudista se le ven sus genitales, el exhibicionista los hace ver, y es más, hace ver sólo sus genitales”. ¿Cuáles son las actuaciones que calificamos de obscenas? Aquellas en las que se manifiesta un afán de hacer ver al otro, un indebido hacer notar a los demás. Ante todo, en lo que respecta a las actuaciones sexuales, pero, por extensión, también a aquellas otras no sexuales que se consideran, en un contexto social determinado, que deben ser privadas o íntimas.
Al ampliar así el concepto de obscenidad se solapa con el concepto de impudor. La exhibición de supuestas virtudes, de supuestas penas, de supuestos padecimientos físicos nos parecen muchas veces obscenos, porque juzgamos que deberían ser reservados y, por ello, inferidos por los interlocutores, a pesar del control a que somete el protagonista sus sentimientos y emociones. El pavoneo del cínico está cercano a la obscenidad.
Diógenes, que acostumbraba a comer, defecar y masturbarse en la plaza pública, es un ejemplo. Me sorprendió la primera vez que leí –en la obra de Le Senne, un moralista francés– que lo contrario al pudor era el cinismo. Ahora pienso que tiene razón. Los sentimientos forman una red dotada de una maravillosa lógica vivida que hay que descubrir.
La obscenidad guarda relación estrecha con el pudor. Es la exhibición maliciosa y grosera
de las cosas relacionadas con el sexo. Una de las manifestaciones –excesivas– de la impudicia y de la relación obscena es el exhibicionismo. Como escribe Castilla del Pino: “Mientras al nudista se le ven sus genitales, el exhibicionista los hace ver, y es más, hace ver sólo sus genitales”. ¿Cuáles son las actuaciones que calificamos de obscenas? Aquellas en las que se manifiesta un afán de hacer ver al otro, un indebido hacer notar a los demás. Ante todo, en lo que respecta a las actuaciones sexuales, pero, por extensión, también a aquellas otras no sexuales que se consideran, en un contexto social determinado, que deben ser privadas o íntimas.
Al ampliar así el concepto de obscenidad se solapa con el concepto de impudor. La exhibición de supuestas virtudes, de supuestas penas, de supuestos padecimientos físicos nos parecen muchas veces obscenos, porque juzgamos que deberían ser reservados y, por ello, inferidos por los interlocutores, a pesar del control a que somete el protagonista sus sentimientos y emociones. El pavoneo del cínico está cercano a la obscenidad.
Diógenes, que acostumbraba a comer, defecar y masturbarse en la plaza pública, es un ejemplo. Me sorprendió la primera vez que leí –en la obra de Le Senne, un moralista francés– que lo contrario al pudor era el cinismo. Ahora pienso que tiene razón. Los sentimientos forman una red dotada de una maravillosa lógica vivida que hay que descubrir.
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