01/02/2009

Juegos de niños en la era tecnológica

Texto de Carmen Giró
Ilustraciones de Rosario Velasco
La tecnología se inserta en los juguetes, y lo que objetivamente supone una ampliación de sus posibilidades puede acabar siendo un estrechamiento del placer de jugar, de la libertad de los niños, de su propio tiempo

Jugar con valor añadido
La psicóloga Maite Romero explica: “Jugar es un acto placentero y voluntario, y los juguetes no sustituyen a la vida real. Hay productos que sobreestimulan al niño, saturándolo de información y contenidos. Entonces, el propio niño, que ve que aquel juguete le agobia, lo deja. A veces te presentan juegos que te venden como siete en uno: usado así sirve para aprender figuras geométricas, así para aprender inglés, así para practicar informática… muchas funciones en un mismo juguete, que a menudo provocan un rechazo del niño”.

Imma Marín pone un ejemplo curioso para ilustrar esta sobreestimulación: los correpasillos, ideales para niños de unos 2 años, se venden más si en la parte delantera llevan impreso los números 1-2-3, o las letras A-B-C. Los padres que los compran creen, quizás, que así estimulan más al niño, cuando en realidad a esa edad esos grafismos no les interesan nada. En cambio, a esa edad les encanta meter y sacar cosas de algún sitio, y transportarlas, con lo que si el asiento del correpasillos se levanta y tiene un pequeño cajón para tesoros, en el aspecto psicopedagógico será mucho más válido que si incorpora unos cubos encajables. “Pero los cubos, y las letras y números, parecen un aprendizaje más formal, y como tal tienen más prestigio”, dice Marín.

Pequeños robots que en realidad son pequeños ordenadores con actividades de letras, números y lógica. Pequeñas consolas educativas. Dominós, puzzles y juegos de memoria bilingües y con contenidos sobre nutrición y medio ambiente. Perritos que crecen y menguan, gatitos que entienden palabras y contestan. Animales salvajes a los que adiestras en un videojuego para luego ver cómo reaccionan en su equivalente en plástico duro. Bebés que lloran, tienen hambre y sonríen. Pero también pequeños teléfonos móviles con botones de colores, con cámara de fotos, con agenda y contactos controlados por los padres.

¿Es realmente necesario que un niño pequeño tenga un teléfono móvil, aunque se camufle de juguete? ¿O podría considerarse un cebo para que luego necesite, y por tanto, demande un móvil de verdad? Quizás la crisis económica ayude a las personas a enfrentarse a la continua creación de necesidades y parar la espiral de consumo irracional. Pero hay que ser especialmente cuidadoso con los más pequeños, con menos capacidad crítica que los adultos. Y predicar con el ejemplo. ¿Cómo les animamos a que inviten a amiguitos a jugar si nosotros sólo invitamos a nuestros amigos a visitar nuestro blog?

Tiempo de libertad
Los que ahora son padres y madres de 40 y 50 años habían jugado en la calle o en el parque, solos, durante años. Iban solos al colegio, se peleaban y hacían las paces con sus amigos en el camino a casa… Ahora, los acompañamos al cole, con suerte caminando, les transportamos de extraescolar en extraescolar y, al llegar a casa y después de hacer los deberes, el premio puede ser un rato de consola. Es hasta difícil quedar para jugar con el vecinito, porque sus clases de piano no coinciden con tus clases de judo. ¿Dónde les queda ahora la libertad a los niños, que vendrá bruscamente cuando se conviertan en adolescentes? ¿Habrán tenido tiempo de practicarla para hacer un buen uso después?

La psicóloga Maite Romero es categórica: “Metemos a los niños en un mundo con prisas, por dos razones: los horarios laborales, que llevan a necesitar tener al niño ocupado y tutelado hasta que lleguemos a casa, y también que los padres están cada vez más obsesionados en que aprendan cosas extras, como inglés o danza. El niño no debe tener tanto tiempo ocupado como para que no pueda respirar en el día a día”.

Los maestros se quejan de que los niños hacen los deberes deprisa y corriendo, que se nota que siempre tienen “algo más que hacer” después –conectarse al messenger, ir a una actividad extraescolar, mirar una serie de la tele– y que el ritmo diario no les permite asentar los conocimientos que van adquiriendo en la escuela y consolidando en los deberes. Del mismo modo, jugar les permite digerir todo lo que han aprendido, en la escuela y en la vida. Romero insiste: “Los niños cada vez juegan menos, y eso repercute negativamente en su desarrollo. Si no les dejamos jugar, tendremos niños muy diferentes a los de ahora”.

Según explica esta psicóloga, la mejor manera de ayudarles a suplir esta carencia de libertad es darles “tiempo y espacio de relación con otros niños. La relación entre iguales, sin reglas de profesores o adultos, les ayuda a asumir reglas, solucionar conflictos, negociar, practicar la libertad”. La realidad es que en el día a día la relación entre niños disminuye porque se han de ajustar al ritmo de vida del adulto. La psicóloga advierte: “Muchos niños se tienen que subir precipitadamente al carro de sus familias”.

La pedagoga Imma Marín advierte también contra las “largas jornadas laborales” de los niños y da algunas pistas para suplir la carencia de libertad actual: usar las ludotecas; recuperar el parque y jugar con chándal, para ensuciarse; abrir patios de escuelas en horas no lectivas para tener un espacio protegido del tráfico para divertirse; propiciar que vengan amiguitos a casa, y reservar cada día diez minutos para jugar con nuestros hijos.

La psicóloga Maite Romero resume, rotunda: “Hay que frenar el ritmo. Creo que la mayoría de los padres nos damos cuenta de lo que está pasando, pero nos escudamos en excusas como no tener tiempo. Hay que reflexionar sobre nuestro ritmo diario, ser valientes y hacer cambios para dejar respirar al niño. Dejar tiempo para jugar no es perder el tiempo”.

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