Exclusivo en Burdeos
19/05/2013
Texto de Daniel Córdoba-Mendiola
Daniel Córdoba-Mendiola
Director estratégico en The hunter.info
dcm@thehunter.info
dcm@thehunter.info
Ilustración de Meritxell Duran
Ceremonias preestómago las hay en el té, el café, la cerveza, el cava, el vino y donde sea que uno quiera meter adorno a la ingesta. Toda la literatura y el amaneramiento que les acompañan son geniales, tanto si sabes como si no. Si dominas, pues perfecto, ya que pillas los matices y tienes una experiencia organoléptica comparable a plantarse delante de un buen cuadro de Goya, escuchar lo último de Daft Punk u oler la nueva fragancia de Comme des Garçons.
Si no sabes, que es mi caso, el truco es perderle el miedo. En Francia esto es más complicado, porque todo este teatro tiene un punto trascendente que a los novatos se nos escapa y a lo peor nos intimida, como cuando vamos a una tienda de lujo pensando en el repaso de la dependienta al cruzar la puerta.
Pero ustedes, nada, como quien oye llover. Admiren la cultivada prosa poética de las etiquetas, el interesante rollo teatralizado del sumiller de turno, la forma intencionada de las copas y con qué te lo acuestas. Yo flipé, de verdad.
Una de las pocas cosas buenas que nos ha dado este cambio de piel parece ser que le perdemos el miedo a lo exclusivo entendido como no excluyente. Si es sólo excluyente, pues paso sin problemas y así les va.
Pero si es exclusivo entendido como único, elaborado y/o adornado, yo soy el primero en la cola. Lo peor que puede pasar es que no me guste, aunque a lo mejor descubro algo nuevo, excitante, que me alegra el día y le da más juerga a mi cotidianidad. Y eso, hoy, vale mucho, en Burdeos, en el súper de la esquina o en la cena de Navidad.
Sophie en Hara
12/05/2013
Texto de Daniel Córdoba-Mendiola
Daniel Córdoba-Mendiola
Director estratégico en The hunter.info
dcm@thehunter.info
dcm@thehunter.info
Ilustración de Meritxell Duran
Muchas veces cuando viajamos, o incluso en la propia ciudad, vivimos eclipsados por la oferta de los enormes museos que se venden como marcas de moda y cuyas salas parecen un centro comercial. Abrumados ante la oferta existente en el fin de semana de escape en París, Londres o Roma o donde toque, acabamos en los grandes museos sin saber exactamente qué hacemos aquí, compartiendo estas dudas con los miles y miles de turistas que han hecho igual que nosotros.
Si a un museo van para sorprenderse, dejarse seducir por objetos, piezas, imágenes y sonidos únicos, aprender cosas nuevas, ver sin más intención que la de mirar…, háganme caso y repasen el listado de pequeños museos allá donde viajen.
No me malinterpreten. Los Zara de la cultura están geniales para cuando uno quiere una ración de básicos de buena calidad a buen precio. Pero si quieren algo más, diferente, con personalidad y que además en la mayoría de los casos sea más barato y con un mejor servicio, echen mano de los museos que están siempre al final de las guías con letra pequeña. El Jacquemart André de París, la Kenwood House de Londres, el Hara de Tokio y seguro que alguno que está a un pequeño paseo de donde viven o veranean reclaman urgentemente nuestra atención.
Espero que si van disfruten como yo de este té de media tarde. Un té pausado que entra perfecto porque tiene sabor a la hora que he pasado, como dicen los que saben mucho, alimentando la pupila.
Hasta y desde Tokio
05/05/2013
Texto de Daniel Córdoba-Mendiola
Daniel Córdoba-Mendiola
Director estratégico en The hunter.info
dcm@thehunter.info
dcm@thehunter.info
Ilustración de Mertixell Duran
Esta vez, por probar (y porque era más barato), decidí que mi aerolínea de cabecera, British Airways, me dejara en Haneda, el segundo aeropuerto de la capital. Ubicado a unos 30 minutos del centro, se llega a él en un monorraíl fantástico que te introduce en una de las ciudades más fascinantes del planeta en modo parque temático.
La vuelta a Londres la hacía también desde Haneda en un vuelo que salía a las seis de la mañana, hora criminal donde las haya. A esto súmale que el amable recepcionista del hotel me dijo que las noches de los fines de semana se hacían obras de mantenimiento en las carreteras, por lo que me aconsejó salir con tiempo.
Pedí un taxi (uno no se acostumbra a que los taxistas lleven uniforme y guantes y mantengan impoluto su vehículo forrando los asientos con los tapetes que mi abuela hace como altar de sus jarrones y objetos de decoración) y, como no había obras, me planté antes de las tres de la mañana en unos mostradores desiertos. El consuelo fue que a todos nos debieron de decir lo de las obras, porque allí estábamos el pasaje completo haciendo uso intensivo del wi-fi gratis.
Fue sin duda lo que sucedió a las cuatro en punto lo que hizo que ya echara de menos Japón cuando todavía estaba allí. Cual azafatas del Un, dos, tres, todas se pusieron una a una ordenadamente en línea delante de su mostrador. Mientras daban las horas, realizaron un saludo común a modo de bienvenida a unos pasajeros medio dormidos y flipados por la educación y la cultura de servicio que debería ser de visita obligada por toda persona que trabaja habitualmente cara al público.







