Slot

04/11/2007

Texto de Jonh W. Wilkinson
Slot
Los pasajeros permanecen en sus asientos con los cinturones abrochados. Pasa media hora sin que se mueva el aparato. Hay nerviosismo, alguna protesta. Además de sonreír, los miembros de la tripulación no saben qué hacer. Finalmente, al cabo de más de una hora de tensa espera, la voz del capitán explica que no podrán despegar hasta que el aeropuerto de Heathrow le conceda un slot. Pues ya está, queda perfectamente explicado. ¿O no? La segunda hora de espera dará tiempo para darle vueltas a eso del slot, un anglicismo que se refiere a la franja horaria asignada a las aerolíneas para sus aterrizajes y despegues. En el mundo de la televisión, cada programa es un slot u hora de emisión. Pero aún hay más: los ordenadores también cuentan con slots, ranuras en las que se pueda insertar nuevas tarjetas. John W. Wilkinson

Globish

Guy

28/10/2007

Texto de John W. Wilkinson
Guy
Lo primero que hay que hacer es procurar no confundir guy [gái] con gay [gué]. Una vez lograda esta proeza, podemos seguir. Durante siglos, la palabra guy fue la versión inglesa de guía. Pero adquirió un nuevo significado a partir del 5 de noviembre de 1605, fecha en la que un tal Guy Fawkes y sus secuaces católicos intentaron sin éxito volar el Parlamento británico por los aires. Desde entonces, se conmemora cada 5 de noviembre el frustrado atentado con enormes hogueras coronadas con  una harapienta efigie del pérfido Fawkes, y cualquier hombre desaliñado es llamado un guy. En EE.UU., en cambio, la voz tomó otro rumbo y su traducción al español coloquial es tipo o tío. Pero el plural guys puede también ser femenino. Los buenos y los malos del cine son good guys y bad guys, mientras que el cabeza de turco es el fall guy.

Globish

Commuters

21/10/2007

Texto de John W. Wilkinson
Commuters

En las postrimerías del siglo XIX la flamante red de ferrocarriles permitió a miles de familias huir de las congestionadas ciudades. El tren era un medio de transporte lo bastante económico y eficiente como para que uno pudiera soñar con poseer su casita en medio de un bonito jardín. Entonces nacieron los suburbios. Los empleados que viajaban a diario de las afueras al centro compraban un

commutation ticket (un abono), cuyo nombre viene del verbo to commute (conmutar, permutar); mientras que los abonados fueron conocidos como commuters. Ahora son mayoría, y no sólo en las conurbaciones norteamericanas. Lástima que el transporte público haya dejado de ser tan barato y eficiente. Ya son legión los commuters que quisieran conmutar su idílica casa en el extrarradio –¿se acuerdan de American Beauty?– por un pisito en el centro.
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