A estas alturas de la Liga de fútbol y los campeonatos europeos, cuando pierde el equipo de uno –sea hincha, jugador o entrenador– existe la tentación muy extendida de atribuir la derrota al árbitro. En inglés, ese (supuesto) malvado del silbato es el referee, aunque no siempre ha sido así. En los primeros tiempos del soccer (fútbol) había dos umpires o linieres que nunca pisaban el campo de juego, pero si no se ponían de acuerdo se “referían” –de ahí el nombre– a un referee para solucionar el entuerto. Debían de ser unos tipos muy listos, porque a partir de 1891 ya pisaban el césped y los linieres no eran más que sus ayudantes. No obstante, se sigue llamando umpire al árbitro de otros deportes, como el cricket o el tenis. Por otro lado, las disputas industriales y laborales requieren de un arbitrator para poner de acuerdo las partes.