Loosies

22/05/2011

Texto de John W. Wilkinson
Loosies
Si usted está paseando por la Octava avenida de Nueva York, no debe extrañarle oír el siguiente reclamo: “Newports, Newports, packs and loosies” (Newport es una marca de cigarrillos), ya que la dureza de la guerra antitabaco del alcalde, Michael R. Bloomberg, ha contribuido a hacer aflorar unas prácticas delictivas que, hasta hace muy poco, se daban por muertas y enterradas, cosas de un mundo felizmente desaparecido.

Por otra parte, si la persona que se dedica a la ilegal venta ambulante de tabaco por la Octava avenida es un sonriente afroamericano cincuentón tocado con una gorra, es posible que se trate de Lonnie Loosie –su verdadero nombre es Lonnie Warner– o de uno de sus cinco o seis secuaces. Joseph Goldstein, un reportero de The New York Times, le ha dedicado un interesante perfil.

Warner se ganó el apodo de Loosie gracias a que vende cigarrillos sueltos, o sea, loosies, a 75 centavos la unidad; o dos por el módico precio de un dólar. La cajetilla (pack) cuesta ocho. El negocio va viento en popa. Llega el tabaco de contrabando de Virginia, donde los impuestos son considerablemente más bajos, lo cual permite a Lonnie Loosie ganarse al día unos 150 dólares.

Aunque detecta a la legua a los polis de paisano, ha sufrido quince arrestos. Los jueces acostumbran a condenarle a realizar una semana de servicios comunitarios, que consisten en recoger las colillas de sus loosies. El señor Bloomberg alumbra el eterno retorno.
Outsider, insider, inside job

15/05/2011

Texto de John W. Wilkinson
Outsider, insider, inside job
Outsider es un término que resulta familiar. De hecho, se oye con bastante frecuencia. Se puede traducir como forastero o desconocido, pero también, según el contexto, como intruso o incluso profano. La novela negra lo reserva para los seres solitarios marginados. En las carreras de caballos, es el caballo que no figura entre los favoritos; en las campañas electorales o cuando se celebran elecciones primarias, es el candidato poco conocido que, a decir de las encuestas, lo tiene crudo. Con todo, más de un outsider vencerá el próximo día 22.

El insider, en cambio, es un empleado de empresa; uno que está dentro. De ahí que, volviendo a la novela negra o policiaca, sea alguien no ajeno a la compañía o la casa en la que se ha cometido el crimen. En el mundo de la finanzas, un inside dealer es un tipo que abusa de información privilegiada, y esta práctica delictiva se llama inside trading.

Un inside job es una estafa perpetrada por un insider, y es el título del oscarizado documental de Charles Ferguson, que cuenta cómo los abusos descomunales  de los bancos han precipitado el derrumbe global de la economía y la ruina de millones de personas. Ferguson sabrá, puesto que él ha sido uno de esos poderosos de Wall Street a los que ahora denuncia de forma tan vehemente como convincente. Tanto es así que, en según qué círculos, este insider se ha convertido en el más reprobable de los outsider. En un paria, vaya.
Millardos, billones, trillones

08/05/2011

Texto de John W. Wilkinson
Millardos, billones, trillones
A finales del último mes de marzo, en plena crisis nuclear, Tepco, la empresa que opera la planta de Fukushima, aseguró que la cantidad de yodo radiactivo en el agua del reactor era 10 millones de veces superior a la normal. Al poco rectificó y dijo que se trataba de un  error de medición humano, que en verdad era sólo 100.000 veces mayor. Cualquiera comete errores, máxime en la aciaga situación en la que se hallaba Japón. Ahora bien, la confusión hubiera sido mayúscula de haberse expresado en billones, puesto que un billón es una cantidad que varía según quien la diga.

Tanto en Bilbao como en Berlín, un billón es un millón de millones, mientras que el inglés americano lo cifra en mil millones, lo que en español es un millardo (voz de reciente incorporación, aunque hasta la fecha con escaso éxito). En la city de Londres, donde coexisten los dos sistemas, como así también en los medios de comunicación, el lío está garantizado.

La culpa la tienen los franceses, pues fue la Francia revolucionaria quien cifró un billón en sólo mil millones. Los norteamericanos abrazaron la iniciativa, y los ingleses, a medias. Francia volvió al billón del resto de Europa, el de un millón de millones, a partir de 1948. La posibilidad de incurrir en un equívoco en Nueva York o Madrid se extiende, cómo no, al cálculo de un trillón o un cuatrillón. Respecto de la cuantía del déficit nacional, depende de unos ceros de más o de menos, según el sistema que se aplique.
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