Loosies
22/05/2011
Texto de John W. Wilkinson
Por otra parte, si la persona que se dedica a la ilegal venta ambulante de tabaco por la Octava avenida es un sonriente afroamericano cincuentón tocado con una gorra, es posible que se trate de Lonnie Loosie –su verdadero nombre es Lonnie Warner– o de uno de sus cinco o seis secuaces. Joseph Goldstein, un reportero de The New York Times, le ha dedicado un interesante perfil.
Warner se ganó el apodo de Loosie gracias a que vende cigarrillos sueltos, o sea, loosies, a 75 centavos la unidad; o dos por el módico precio de un dólar. La cajetilla (pack) cuesta ocho. El negocio va viento en popa. Llega el tabaco de contrabando de Virginia, donde los impuestos son considerablemente más bajos, lo cual permite a Lonnie Loosie ganarse al día unos 150 dólares.
Aunque detecta a la legua a los polis de paisano, ha sufrido quince arrestos. Los jueces acostumbran a condenarle a realizar una semana de servicios comunitarios, que consisten en recoger las colillas de sus loosies. El señor Bloomberg alumbra el eterno retorno.
Outsider, insider, inside job
15/05/2011
Texto de John W. Wilkinson
El insider, en cambio, es un empleado de empresa; uno que está dentro. De ahí que, volviendo a la novela negra o policiaca, sea alguien no ajeno a la compañía o la casa en la que se ha cometido el crimen. En el mundo de la finanzas, un inside dealer es un tipo que abusa de información privilegiada, y esta práctica delictiva se llama inside trading.
Un inside job es una estafa perpetrada por un insider, y es el título del oscarizado documental de Charles Ferguson, que cuenta cómo los abusos descomunales de los bancos han precipitado el derrumbe global de la economía y la ruina de millones de personas. Ferguson sabrá, puesto que él ha sido uno de esos poderosos de Wall Street a los que ahora denuncia de forma tan vehemente como convincente. Tanto es así que, en según qué círculos, este insider se ha convertido en el más reprobable de los outsider. En un paria, vaya.
Millardos, billones, trillones
08/05/2011
Texto de John W. Wilkinson
Tanto en Bilbao como en Berlín, un billón es un millón de millones, mientras que el inglés americano lo cifra en mil millones, lo que en español es un millardo (voz de reciente incorporación, aunque hasta la fecha con escaso éxito). En la city de Londres, donde coexisten los dos sistemas, como así también en los medios de comunicación, el lío está garantizado.
La culpa la tienen los franceses, pues fue la Francia revolucionaria quien cifró un billón en sólo mil millones. Los norteamericanos abrazaron la iniciativa, y los ingleses, a medias. Francia volvió al billón del resto de Europa, el de un millón de millones, a partir de 1948. La posibilidad de incurrir en un equívoco en Nueva York o Madrid se extiende, cómo no, al cálculo de un trillón o un cuatrillón. Respecto de la cuantía del déficit nacional, depende de unos ceros de más o de menos, según el sistema que se aplique.





