El matrimonio ya no es lo que era. Entre quienes han dejado de creer en él y entre quienes lo miran con cautela, la fórmula romántica parece dejar paso paulatinamente a una sociedad conyugal más o menos limitada. Si las celebrities pusieron de moda los acuerdos prematrimoniales (¡Ay, Paul McCartney, cuántas veces te habrás lamentado!), ahora parecen inclinarse por revitalizar la vieja figura del acuerdo posmatrimonial. Así que, tras una infidelidad, un cambio importante de estatus económico, un brusco aumento (o descenso) del valor de ciertos fondos de inversión o por cualesquiera otras razones, se impone revisar las normas financieras de convivencia. También hay quien decide pasar por el abogado después y no antes de la boda, por aquello de conservar cierto halo romántico en el periodo de los preparativos y no añadir la visita al abogado a la lista de algo nuevo, algo azul y algo prestado. Pero si el acuerdo posnupcial es en muchos casos la antesala de una separación, o un colchón ante un riesgo financiero, hay quien tiene que pasar a mejor vida para reivindicar un nuevo statu quo matrimonial. En Japón se ha detectado un curioso y triste fenómeno: un número creciente de esposas piden en su testamento ser enterradas lejos de sus maridos. Lo han llamado divorcio post mórtem. Un triste epílogo para una pareja, sin duda, poco feliz.