Se avecina el fin del servicio al cliente tal y como lo entendemos hoy y su paulatina sustitución por quioscos informatizados y todo un sector en auge de los nuevos self-services basados en la tecnología red. Así lo entiende el semanario norteamericano Time, que ilustra numéricamente sus predicciones: el gasto en quioscos de autoservicio automatizados pasará de los 438 millones del 2006 a 1,3 billones en el 2011. La citada revista se apoya en numerosos y jugosos ejemplos. El próximo verano, Alaska Airlines abrirá la primera terminal sin mostradores del mundo: sólo islotes de máquinas donde realizar uno mismo el check-in. La cadena de alimentación Fresh and Easy ya no dispone de cajeras. IBM ha dotado en Malasia a una cadena de restaurantes de sushi con pantallas de ordenador táctiles conectadas directamente con la cocina: adiós a los camareros. En Pensilvania ya funciona algún hospital que utiliza quioscos automatizados en las salas de emergencias. Simplemente hay que señalar en la pantalla la parte del cuerpo donde uno tiene la dolencia. El ahorro de costes no es el único motivo que sustenta esta macrotendencia. La separación entre el lugar físico del servicio y el sitio donde lo recibimos está detrás de este importante cambio. ¿Tiene la sensación de que cuando pide el menú en el McDonald’s sin salir del coche en un drive-in la chica de la ventanilla grita por el pinganillo a su compañera al otro lado del teléfono? No le extrañe, quien recibe el encargo y lo teclea en un ordenador para que lo lean en la cocina tal vez se encuentre a dos mil kilómetros de su BigMac.