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Se llaman guilty pleasures. Son esos placeres que hacen que uno se sienta culpable. Léase: una pegadiza canción del verano que provoca que despeguemos rápidamente el trasero del asiento y ¡venga! ¡a bailar! O un programa de televisión que jamás vemos ni con amigos ni en familia pero que cuando estamos solos es tan malo que ay, nos gusta. O una película de cuento de hadas que nunca luciríamos en la colección de cinéfilo que posa en la librería pero que nos alegra una tarde de domingo. Todo esto son guilty pleasures. En BBC Radio existe un programa llamado así donde reconocidos músicos hacen versiones de sus pequeños pecados, y en el diario The Guardian pedían hace poco que los lectores confesaran cuál era su guilty pleasure a nivel televisivo. También la revista People aireaba hace poco los guilty pleasures de las celebrities. Por ejemplo, a Ashton Crusher le gustan los Backstreet Boys, y Patrick Swayze es fan de Rocky Horror Picture Show. En un momento en que todo el mundo se define ante los demás por lo que le gusta y lo que no, los guilty pleasures dan color a la vida. Todos tenemos uno o varios. Vivan esas pequeñas vergüenzas.








